jueves, 14 de junio de 2007

nuestras abuelas


(...) a menudo, cuando uno no ha llegado a la mayoría de edad, tiene en sus abuelos referentes de gran importancia. A los diez años, yo adoraba ir a la escuela. La escuela primaria. Vacía de obligaciones y llena de estímulos. Por aquel entonces, me separaba poco de mi vecina, Matilde. Y solíamos pasar las tardes juntos, en compañía de nuestras abuelas, que eran poco menos que amigas inseparables. Juntas, acudían cada tarde a recogernos puntualmente a las puertas de la escuela. Siempre estaban de muy buen humor. Reían, cantaban y nos gastaban bromas en todo momento. Creía yo por aquel entonces que tenían mucha sed, pues bebían continuamente de las botellas que, sin falta, llevaban en los bolsillos de sus desgastadas batas. (...) Cuando mi madre me despedía por la mañana en la puerta de la escuela, cada día me azotaba inocentemente para planchar, por última vez, mi impecable uniforme escolar. Mientras, me alisaba el pelo una y otra vez apretando con la palma de la mano mi indefensa cabeza y me repetía “ sobretodo, esta tarde, pórtate bien en casa de la abuela”. A mi me costaba entender porqué mi madre se empeñaba en repetir una y otra vez aquel consejo a todas luces innecesario. Pero siguió haciéndolo. Una y otra vez. Hasta el día que cogí prestada su cámara fotográfica y tomé esta foto. Una de las mejores tardes que pasamos con nuestras abuelas. (...)

1 comentario:

amazing dijo...

oooh, que tierna imagen! Ya te imagino en esas tardes, con tu pan con vino y azucar bien, bien cargadito...